jueves, 27 de mayo de 2010

De Cadenas Alimenticias

En Guadalajara (mi bella Guadalajara), capital del estado mexicano de Jalisco, el libertador Hidalgo, declaró, por primera vez en el nuevo continente, la abolición de la esclavitud. En el siglo XIX, parecía que, por fin, el mundo se acercaba a una verdadera libertad. Una nueva nación americana enarbolaba la libertad como el valor más importante; los reyes y la Iglesia perdían poder; las ideas de la Ilustración se oían por doquier. Además, un proceso de globalización iniciado por la revolución industrial, el carbón, los trenes y el barco de vapor, creaba nuevos mercados globales. Más aún, el flujo de capitales representaba un mayor porcentaje del PIB de varios países que aún el día de hoy (con todo y las modernísimas transferencias vía electrónica). Parecía que el ser humano se liberaba del yugo de los poderosos -así autodeclarados y tolerados por los demás- alcanzando, además, un verdadero mercado libre que no tardó en dejar beneficios para todos (recordemos que un intercambio de bienes o servicios siempre aumenta la utilidad de ambas partes: oferente y demandante). Pero todo esto desapareció: tras la primera guerra mundial, aunada a la Gran Depresión y el segundo episodio de la guerra, los gobiernos volvieron a tomar ese papel opresor que antes ocupasen los reyes. Se dio, entonces, la nueva bienvenida al intervencionismo, a la "economía planeada" -como si eso fuese posible-, a la injererncia del Estado en todo detalle de nuestra vida. Lo peor es que esto se agrava más cada día, los Chávez están en todos lados. Obama con un gran déficit pretendiendo "rescatar" la economía -como si eso fuese posible- con más dólares y endeudamiento mientras financia un plan de salud difícilmente sostenible en el largo plazo, por no decir injusto por el simple hecho de redistribuir la riqueza. Países con balances deficitarios que están poniendo muy nerviosos a sus acreedores. Merkel prohibiendo las ventas en corto. El gobierno mexicano diciendo a los niños qué comer y qué no. Lejos queda ya lo que pudo llegar a ser el inicio de la verdadera libertad.

Ahora resulta que papá gobierno va a decir a nuestros niños qué pueden comer y qué no. El poder ejeuctivo del gobierno mexicano, a través de la Secretaría de Educación Pública y la Secretaría de Salud, ha comenzado a trabajar en los detalles de una nueva regulación que determinará qué productos podrán vender las tienditas de las escuelas. Toda aquella institución educativa de nivel preescolar, primaria y secundaria deberá acatar estas medidas. Refrescos, papitas y demás frituras, entre otros productos, quedarán en la lista de los prohibidos. Todo esto lo hacen para "combatir los altos índices de obesidad que hay en el país". Es decir, para cuidarnos, qué tiernos ¿no? ¿Pero es qué que nos creen los gobernantes? ¿Acaso creen que somos estúpidos? ¿Quién le pidió al gobierno que nos cuide de todo mal, incluso de aquel que, de manera voluntaria y en ejercicio de nuestro derecho natural e inalienable a la libertad, decidimos realizarnos a nosotros mismos? ¿Que no entienden que somos seres libres? ¿Que habrá de aquel niño que de manera consciente compra una bolsa de papitas cada tercer día y que no tiene problemas de obesidad por desempeñar 2 deportes de alto rendimiento por las tardes? ¿Que habrá de aquel niño que, conociendo los efectos nocivos de un alto consumo de carbohidratos, en pleno ejercicio de su libre albedrío, decide consumir dos bolsas de Doritos en cada receso por percibir mayor utilidad en ello que en dejar de hacerlo? ¿Quién encomendó al gobierno para cuidarnos de aquellos daños que nos ocasionamos a nosotros mismos?

La única labor del gobierno debe de ser, a cambio de una parte de nuestro trabajo (impuestos), garantizar la existencia de leyes justas y equitativas que garanticen los derechos naturales del hombre a la vida, la libertad y la propiedad, así como de un sistema judicial eficiente y efectivo que respalde dichas leyes. Cuidado, he dicho derechos y no obligaciones. El gobierno no debe de estar obligándonos a hacer tal o cual, excepto cumplir con el pago de nuestros impuestos -a cambio de la garantía de que si alguien atentará contra nuestra vida, libertad o propiedad, ese alguien recibirá un castigo y nosotros el resarcimiento del daño. El contrato social es ese, nosotros estamos dispuestos a otorgar una parte de nuestro trabajo al gobierno, a cambio de la seguridad de que el prójimo no nos podrá hacer daño y, en caso de hacerlo, recibirá su merecido y nosotros una compensación.

Pero, si nosotros mismos (insisto: ¡en pleno ejercicio de nuestra libertad!), decidimos hacernos daño, destruir nuestra propiedad o quitarnos la vida, ¿el gobierno debe prohíbirnoslo? ¡Claro que no! Entonces, ¿por qué permitimos que el gobierno nos esclavice y nos diga qué podemos comer y qué no? ¿Como es posible que la mayoría de los mexicanos no se den cuenta de esto y, al contrario, aplaudan las medidas gubernamentales pues "cuidan a sus niños"? ¿Es que esos mexicanos sí quieren que el gobierno gobierne todos los aspectos de sus vidas? ¿Es que son demasiado mediocres y flojos como para encargarse de sus propios asuntos y, por lo tanto, más aún para encargarse de la formación de sus hijos? ¿Serán esos los mismos mexicanos que, de estar en sus posibilidades, estarían encantados de ocupar un puesto laboral burocrático garantizado, subiéndose al barco que los demás pagamos con nuestro trabajo? A esos estúpidos son a los que el economista italiano Carlo M. Cipolla sugería mantener al margen, no asociarse con ellos y evitar formasen parte del proceso de toma de decisiones de la Nación. La pregunta del millón, estimado lector, ¿habrá que mantenerlos al margen o intentar hacer que dejen de ser estúpidos? Yo me inclino por la segunda opción, yendo en contra de la cuarta ley de la estupidez que asegura que las personas no-estúpidas siempre subestiman el potencial dañino de la gente estúpida, olvidando que, en cualquier momento, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia, asociarse con individuos estúpidos constituye invariablemente un error costoso; así como en contra de la primera ley que establece que siempre subestimamos el número de estúpidos en circulación. Por algo este blog se llama "Ideas Guajiras", mi querido y paciente lector, pero, por lo pronto, habrá que buscar la manera de quitarnos estas cadenas alimenticias, yo quiero que mis futuros hijos sí puedan elegir entre una amplia gama de productos (que incluya Coca-Cola con extra azúcar y papas fritas de baja calidad con extra grasa y bien, pero bien, bien saladas).

Bonus: Una más del PRD, Navarrete y Ortega se contradicen mientras el presunto delincuente comienza a ser juzgado, parece ser que el olor a porquería atrae a los puercos (pobres cerdos, ellos qué tienen la culpa).

jueves, 20 de mayo de 2010

El Establishment Mexicano

Me preocupa, aunque todavía no me ocupa, el pensamiento colectivo del mexicano. No puedo evitar darme cuenta de lo grave del problema nacional. Una aplastante mayoría de mexicanos es parte del Establishment Mexicano: en salario cuando se trata de un burócrata, en aspiraciones cuando se trata de un político, en hechos cuando se trata de los "trabajadores" sindicalizados, en mediocridad cuando se trata de un mexicano que está esperando a que llegue el mesías. El mexicano -recordemos que estoy generalizando-, en todos sus niveles, depende del Estado. Sí, deje lo explico con más detalle. Los políticos saben que son el lastre que detiene al país y que, por ellos, la economía no ha podido crecer a los niveles que lo haría en un entorno de verdadera libertad económica. No sólo son un sobrepeso porque han dejado de realizar los cambios que el país pide a gritos, sino porque, en realidad, no debería de existir un Estado de las dimensiones del mexicano. A donde volteemos hay presencia del gobierno. Es más, el gobierno debería únicamente encargarse de asegurar un marco jurídico justo, basado en la libertad e igualdad y de garantizar una correcta administración de la justicia, cuidando los derechos naturales a la libertad, la vida y la propiedad. Qué lejos estamos de algo parecido. Hagamos un breve ejercicio mental:

Usted es un ejecutivo que trabaja en un banco. Así es, la institución financiera le paga un salario fijo muy bajo, pero usted tiene el potencial de obtener buenas comisiones según el cumplimiento de sus metas de colocación y captación. Usted se esfuerza día a día por obtener el ingreso que cree lo ayuda a satisfacer sus necesidades, claro, dentro de un margen de ingreso limitado, dado su puesto dentro de la empresa. Lleva 13 años casado y tiene 2 hijas, de 11 y 6 años. Ambas van a una escuela pública. Hoy es jueves por la mañana, cuando usted va a dejarlas a la escuela, antes de ir a la oficina, se encontrará con una escuela en condiciones deplorables, con maestros mediocres que van a dar las clases sin estusiasmo alguno y, más importante aún, sin incentivo alguno por hacer mejor su trabajo. Así es, ese "trabajador" tiene garantizada su plaza con un contrato colectivo. Sabe que no pueden liquidarlo del trabajo a menos que haga algo incorrecto -por las conquistas de su sindicato-, por lo tanto, el buen maestro no se preocupa, a diferencia de usted, de la posible llegada de alguien que haga su trabajo mejor que él. Cómodamente dará sus clases y verá como pasan los años, donde irá ascendiendo de posición "cuando le toque" para, finalmente, obtener una pensión por un monto superior al de un empleado que no pertenezca a dicho sindicato. No olvidemos que la escuela está en condiciones de cuasiabandono pero, ¿y todos los impuestos que van a educación? Usted se queda pensando en esto mientras maneja y se acuerda de que, de cada 2 pesos asignados a educación, 1 se queda en el camino a la escuela. Así es, la burocracia educativa (SEP) devora ese otro peso antes de que impacte a las escuelas. Ese burócrata tampoco se preocupará por su empleo, por hacerlo bien o por satisfacer plenamente a sus clientes (en este caso los estudiantes), a diferencia -¿de quién cree?- de usted. Finalmente, usted llega a su oficina, donde trabaja 9 horas seguidas, atendiendo a sus clientes de la mejor manera posible, ofreciéndoles soluciones eficientes a sus necesidades financieras, cuidando su relación con ellos pues -usted piensa- de ellos depende su trabajo, la obtención de su ingreso y, por ende, la satisfacción de sus necesidades y las de su familia. Al salir del trabajo, se dirige a su automóvil y se da cuenta que, al carro de al lado (¡qué bueno que al suyo no!) le robaron los 2 espejos. Mientras conduce en dirección a su casa, va pensando en la mala suerte del que se estacionó a su lado y de que, probablemente, aún cuando presente una denuncia, jamás le será resarcido el daño y, mucho menos, castigado el delincuente. Una vez más usted se pone a pensar qué pasará con todos los impuestos que usted paga (quincena a quincena) y, de los cuales, el 5% se va a seguridad. ¿Dónde quedará ese dinero? Pues sí se gasta, pero se gasta mal, ineficientemente pues el objetivo principal de garantizar la seguridad y que el prójimo no nos pueda hacer daño -y si lo hiciese sea castigado y el daño reparado- no es cumplido. Después de enfrentarse al tráfico de la hora pico llega a su casa, toma una cerveza para relajarse, se sienta frente al televisor, lo enciende y se encuentra con una escena patética. Únicamente 2 televisoras que ofrecen la misma información. "¿Y el gobierno?" se pregunta usted. La respuesta es "bien, gracias". Usted se da cuenta de lo incapaz que ha sido el gobierno en eliminar las fronteras que inhiben la competencia y la entrada de nuevos jugadores en los mercados (ojo, no se trata de que el gobierno elimine los monopolios castigándolos, sino de que las reglas del juego sean de absoluta libertad e iguales para todos). Se da cuenta de que esto va en perjuicio único del consumidor y alcanza a notar que, de haber plena libertad económica, los mercados serían más eficientes, reduciendo los precios al consumidor y elevando su bienestar total. "Debería de ser tal y como nos pasa en el banco, mis clientes cada vez tienen más ofertas, ahora hasta a las SOFOMS les tengo que andar compitiendo" reflexiona usted. Después de este pensamiento, escucha una noticia en el televisor sobre los resultados electorales en Yucatán. ¿Alguna vez se había dado cuenta de cuánta gente anda ahí en los mítines? ¿Verdad que es mucha gente? ¿A poco usted estaría dispuesto a ir a uno de ellos para apoyar alguno de los gobernantes que le han tocado hasta hoy? Usted responde con un rotundo "no, mejor me quedo en mi casa a descansar". Entonces, se da cuenta de que andan ahí porque, también ellos, viven de los impuestos que usted y otros pagamos. Así es, celebran que podrán extraer ingreso de los ciudadanos que, honestamente y en base a su esfuerzo, obtienen dinero a cambio de su trabajo (libremente competido) para, después, repartirlo entre ellos mismos, y, si acaso, transferir una parte a los "pobres" o a las diferentes "causas sociales" para verse bien y, a la vez, garantizar que su partido permanezca en el poder otros cuantos años y, así, fijar sus rentas. Decide irse a dormir y no pensar en estas cosas, total, mañana será un día difícil en la oficina pues recibirá a uno de sus clientes, para renegociar un crédito, y tendrá que estar fresco y centrado para retenerlo y evitar se vaya con la competencia.

Ese es México, ese es el Establishment Mexicano: un grupo grandísimo de mexicanos que se ha apoderado y aprovechado sistemáticamente de los demás, eso sí, con todas las de la ley. Ah, qué bien estaría México sin un gobierno tan gordo, tan estorboso, sin políticos tan aprovechados, devorapresupuestos, que lucran de la pobreza y se las dan de magnánimos. Pero, ¿qué no el gobierno y los políticos somos nosotros mismos? ¿Qué no somos nosotros mismos, los mexicanos, los que buscamos morder lo que se pueda de presupuesto? Entonces, qué bien estaría México sin... ¿mexicanos?