jueves, 17 de junio de 2010

Crónicas de Cursos de Verano

Qué dolor de cabeza, qué rabia, qué coraje y qué impotencia sentí la semana pasada. En mi clase de Literatura Contempóranea (una materia optativa de mi Licenciatura en Finanzas) me enfrenté a una mediocre, necia y estúpida maestra (sí, tiene maestrías) que, con pocos e inválidos argumentos, sacó a relucir sus "convicciones" "socialistas", intervencionistas, proteccionistas y retrógradas.

Tengo el privilegio de estar estudiando mi licenciatura en una de las universidades de mayor prestigio en el país y latinoamérica. Dicha institución -además de ser, de las mexicanas, de las más reconocidas en el extranjero- es relacionada con el emprendurismo, las técnicas y tecnologías más avanzadas y una visión empresarial y socialmente responsable. Sin embargo, es precisamente en esta reconocidísimo y distinguidísima universidad donde me he encontrado con profesores por demás mediocres, desinformados, mentirosos y tendenciosos. Es obvio que hasta en el mejor y más tecnificado huerto encontraremos plagas y frutos podridos, la cuestión es cuál es la tasa de pudredumbre y creo que el ITESM -al menos en el campus Guadalajara- ha descuidado este aspecto. Pero en esta ocasión no se trata de criticar a esta institución, la crítica va a un público más amplio: los trasnochados creyentes en el papel proteccionista (mal entendido) del Estado.

En publicaciones anteriores ya he explicado algunas de las razones que, a mi juicio, causan esta actitud del mexicano -en lo particular- o de cualquier otro ciudadano del mundo -en lo general. Sin embargo, en esta ocasión, el tema es más bien particular. Todo comenzó cuando, en la mencionada clase, se discutió el capítulo 4 del ensayo El Laberinto de la Soledad, escrito por el único mexicano reconocido con el Nobel de Literatura: Octavio Paz. Pues bien, como ya sabrán quienes lo hayan leído, este capítulo (el más famoso del ensayo, quizás) presenta un sesudo e interesante análisis de los procesos sociales por los cuales el mexicano es quien es. Identificando las raíces históricas de su comportamiento, Paz presenta varias tesis que explican y retratan la identidad del mexicano. Una de las características del mexicano es el afán de "chingarse al otro" nada más, así, sin otra razón más que joderle la vida al prójimo y sentirse mejor al no estar tan jodido.

Pues bien, la maestra nos invitó a buscar noticias que sustentarán su teoría de que la argumentación del ensayista era todavía vigente al inicio de la segunda década del siglo XXI. Fue así que un brillante compañero presentó una noticia sobre la huelga en Cananea (napistas). El alumno, probablemente con otras palabras, dijo que esto era evidencia viva de que el mexicano nada más friega al otro por fregar, dañando al otro y a sí mismo (características del estúpido) pues el estar en huelga hacía perder a los accionistas y a los propios empleados (aunque en el corto plazo no lo percibiesen así). Mi compañero se limitó a hacer esta observación. Yo no pude quedarme callado y tomé rápidamente la palabra, aplaudiendo el comentario de mi compañero: "¡claro! El asunto es que nuestras leyes permiten estos abusos y daños a la libertad y propiedad privada, es necesario cambiar las leyes para reconocer la libertad natural de las personas (y, por lo tanto, de las organizaciones). Nuestra ley laboral socialista coarta esta libertad." Bueno, quizás no lo dije así y las palabras salieron más atropelladas, pero algo similar sí fue. Otro compañero tomó la palabra diciendo que no, que había cosas que cuidar como que un empleado de la empresa X llevara ya un año laborando pero siguiera con contratos provisionales de 3 meses. Antes de poder contestarle, la maestra (que cuenta con 3 maestrías cursadas en el propio ITESM) no tardó mucho en unírsele y decir que "por ejemplo, yo, no tengo asegurado que el próximo semestre daré clases en el tec, ¡qué patrón tan abusivo! Me tiene en la incertidumbre de si voy a poder pagar el kinder de mi hijo, eso no se vale y la ley debe de protegernos".

Creo que mis pulsaciones por minuto se aceleraron al punto de un paro cardíaco pero logré frenar mis impulsos (a medias la verdad) y busqué la manera de explicarles a mis compañeros y maestra el grave error de juicio que estaban cometiendo. En realidad no es que yo haya descubierto el hilo negro, es algo muy sencillo y que ya ha existido en el pasado. La única razón de existir del gobierno es cuidar los derechos naturales a la vida, la propiedad y la libertad (en ese orden). Rápidamente surgirá la cuestión ¿y por qué el gobierno debe de cuidarme de eso? Pues por que es un CONTRATO SOCIAL que establecimos los seres humanos. Cuando vivíamos en un estado natural, el prójimo era capaz de dañarnos, ya fuera en nuestra vida, propiedad o libertad y se salía muy fácilmente con la suya. Bastaba que tuviera control del fuego, una lanza más afilada o una mayor masa muscular para que nos volviéramos vulnerables a su poder. Fue así que la sociedad decidió darle autoridad a un órgano gubernamental para protegernos del daño que los demás nos causaran. Para ello, surgieron leyes. El gobierno, entonces, cuida que dichas leyes se cumplan. Las leyes se limitaban a cuidar, insisto, la vida, la propiedad y la libertad (nada de decirnos qué comida chatarra pueden comer los niños, hasta qué horas un bar puede vender alcohol, qué drogas podemos consumir o no, quiénes se pueden unir en matrimonio, etc.). Pero, ¿por qué extraña razón un grupo de personas, en este caso el gobierno, haría dicha labor gratuitamente? Así es, estimado lector, por ninguna. Fue por eso que surgieron los impuestos, es decir, una contribución obligatoria para cubrir los costos de proteger nuestros derechos naturales. El contrato social es ese: renunciar a una parte de nuestro ingreso a cambio de la garantía de que nuestros derechos naturales serán resguardados y, que en caso de ser transgredidos, habrá un resarcimiento de los daños (en la medida de lo posible, la vida, por ejemplo, no nos la podrán regresar) y una pena para el que los ha causado (cárcel, multa, etcétera). ¿Entonces, por qué otra razón el gobierno debería de crear leyes que no sea para proteger estos derechos naturales? ¿Las minas de Cananea están dañando alguno de estos derechos de los obreros? ¿Por qué extraña razón debería el gobierno de obligar a una organización a otorgar un contrato de plazo indeterminado a un empleado? ¿Acaso alguien obligó al empleado a tener una relación laboral con esa empresa? ¿No ha sido el empleado quien, en el legítimo ejercicio de su libertad, ha aceptado iniciar dicha relación laboral con la empresa X? ¿Si no le conviene, por qué no renuncia al acuerdo? (Una rápida anotación, alguien podrá decir en este momento "porque si no se queda sin comer", recordemos que los mercados se autoregulan mediante las leyes de oferta y demanda. El mercado laboral no es la excepción, si una empresa trata mal a sus empleados o paga muy poco sueldo, rápidamente enfrentará problemas para llenar sus plazas y se verá obligado a mejorar sus ofertas laborales.) La maestra y mis compañeros -con excepción del compañero que hizo el comentario inicial y que, salvo aprobar mis afirmaciones con movimientos de la cabeza, no actuó a favor o en contra- dijeron que mis argumentos eran inválidos. Afortunadamente, cuando les pedí argumentos válidos, lo único que se limitaron a decir fue "¿alguna vez has trabajado fuera de una empresa familiar, conoces la realidad?", "las leyes en México no sirven para nada", "aunque se reformara la ley del trabajo sería lo mismo" (este, el más inválido de todos, es mi favorito pues, además, lo dijo, adivinen... la maestra de 3 maestrías), "a mi papá lo tuvieron recluso 3 meses sin presentarle cargos, cuando vivas eso puedes hablar", "¿y los pobres qué?", "a los pobres los tiene que proteger el gobierno". En fin, salí enojado, frustrado, con mil palabras en la boca, pero -sin duda alguna- triunfante de esta primer batalla. Esto ocurrió la semana pasada, ayer, en la misma clase, el maestro (ahora va un maestro a dar la clase, luego les cuento más) lanzó al aire la pregunta "¿cuál es el principal bien que debe de garantizar el Estado?" Yo iba entrando al salón pues había salido al sanitario y respondí "seguridad". El maestro dijo "no, educación y salud". Además del evidente error gramatical de referirse a dos con un pronombre singular (el), el maestro cometio un grave error de juicio. Ya hablaré de ello en la segunda parte de estas crónicas de un curso de verano.

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